cuando un inconforme decide hablar, su principal problema es encontrar las palabras adecuadas. el disconforme prefiere el silencio porque encuentra una rara ecuanimidad en él y no le gusta dar explicaciones.
piensa y siente, siente y piensa y las ideas se amontonan en su cabeza buscando un orden, algo así como esos nombres secretos de dios, impronunciables, prohibidos y que sólo algunos cuantos cabalistas llegan a adivinar asumiendo todas las consecuencias que devienen de tan tamaña hazaña.
al disconforme le sucede algo parecido: en su cabeza lo inefable cobra forma pero cuando pronuncia, cuando gesticula, inmediatamente el sentido se falsea, es una paradoja porque las palabras una vez pronunciadas dejan de pertenecerle y no son sino una mala acuarela, que presenta una pobre perspectiva de todo lo que él ha visto o imaginado y que es en efecto, pura y nítida en su corteza cerebral.
así, cualquier idioma le es insuficiente aunque muestre cierta predilección por los de lejano oriente. por las palabras ideas de los chinos, por las historias de los maestros zen y los poemas de los locos poetas ebrios de zaké que dicen más en unos cuantos versos que todo aquel fárrago de la poesía occidental rimada. el disconforme prefiere los aforismos, es más, le encantan porque sabe que debe ser conciso, que las descripciones largas no tienen razón de ser, que con cada frase superflua se evapora la imagen y lo que queda es sólo tierra seca.
inconforme per excellance, puede optar por el mutismo, por el alejamiento definitivo de las superfluas y banales compañías que ha comenzado a desechar. sólo garabatea poemas imposibles, en amarillentos cuadernos que no verán jamás ojos que no sepan entrever y no le importa que sea así. si las palabras delimitan él se expande, si la pintura se diluye, entonces trabaja la piedra, el mármol o su propio cuerpo. forja su espíritu con constancia de bonzo hasta que el resultado es algo más brillante que todo el Olimpo reunido en pleno. el disconforme no le interesa ser dios, pero lo consigue (sin proponérselo). es ese el resultado natural al que lo lleva su estado perenne de inconformidad, algo que es imposible de comprender para los simples mortales.